Eran las 23:30 cuando subí al autobús de la línea 10 rumbo al Parque García Lorca. Sentado al fondo, leía de nuevo las notas que, en las últimas semanas, había recibido de la Niña sin Voz, siempre de la misma forma.
Porque en ésto consistió siempre nuestra comunicación. Tras haberla perseguido hasta su balcón, intrigado por su actitud, decidí hacer un tanto de lo mismo y dejarle otra nota, preguntándole quién era el dueño (o la dueña, ya que hasta ese momento no sabía si era hombre o mujer) del flequillo fisgón; a lo que contestó a su vez con una nota en la que se podía leer: "Soy Natalia, la Niña sin Voz".
Las siguientes semanas, como ya he dicho, feron una sucesión de "asaltos" a nuestros respectivos balcones, y nuestras conversaciones fueron tinta sobre papel, sobre temas que poco importan para el relato. Así fue hasta el día en que, sediento a no poder más de saber, le escribí:
"Querida Natalia: he pensado que podríamos vernos un día, aquí en Granada, o donde quieras, si es que quieres, claro. Me apetece charlar un rato contigo, y de paso conocer tu voz. Xao niña!"
10 minutos antes de la medianoche, aproximadamente, llegué por fin a mi parada. Bajé a un atestado Camino de Ronda y continué hasta la solitaria Calle Arabial para llegar, puntual por una vez en mi vida, al Parque García Lorca.
No había ni un alma en todo el parque, tan solo algún gato escurridizo cazando alguna otra cosa igualmente escurridiza. Caminé hacia la casa situada al fondo, rodeda de árboles. Junto a uno de ellos, una sombra alternaba con las demás sombras. No había ninguna duda: era ella.
sábado 25 de noviembre de 2006
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 aportaciones desinteresadas:
y luego?
Dichosos los pacientes porque ellos podrán leer el relato completo!
Publicar un comentario en la entrada